La vida de Rubén Darío escrita por él mismo

(Primera Entrega)

Rubén Darío

 

Tutti gli nomini d'ogni sorte, che hanno fatto qualque cosa che sia virtuosa, o si veramente che lo virtu somigli, dovrebbero, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere la lora vita: ma non si dovrebbe cominciare una tal bella impresa prima que passato l'etá de quarant'anni.

(La vita de Benvenuto de Mo. Cellini. Florentino.)

 

- I -

 

Tengo más años, desde hace cuatro, que los que exige Benvenuto para la empresa. Así doy comienzo a estos apuntamientos que más tarde han de desenvolverse mayor y más detalladamente.

En la catedral de León, de Nicaragua, en la América Central, se encuentra la fe de bautismo de Félix Rubén, hijo legítimo de Manuel García y Rosa Sarmiento. En realidad, mi nombre debía ser Félix Rubén García Sarmiento. ¿Cómo llegó a usarse en mi familia el apellido Darío? Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña población conocíale todo el mundo por Don Darío; a sus hijos e hijas por los Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello convertido en patronímico llegó a adquirir valor legal, pues mi padre, que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío; y en la catedral a que me he referido, en los cuadros donados por mi tía Doña Rita Darío de Alvarado, se ve escrito su nombre de tal manera.

El matrimonio de Manuel García -diré mejor de Manuel Darío- y Rosa Sarmiento, fue un matrimonio de conveniencia, hecho por la familia. Así no es de extrañar que a los ocho meses más o menos de esa unión forzada y sin efecto, viniese la separación. Un mes después nacía yo en un pueblecito, o más bien aldea, de la provincia, o como allá se dice, departamento, de la Nueva Segovia, llamado antaño Chocoyos y hoy Metapa.

 

- II -

Mi primer recuerdo -debo haber sido a la sazón muy niño, pues se me cargaba a horcajadas, en los cadriles, como se usa por aquellas tierras- es el de un país montañoso: un villorrio llamado San Marcos de Colón, en tierras de Honduras, por la frontera nicaragüense; una señora delgada, de vivos y brillantes ojos negros -¿negros?... no lo puedo afirmar seguramente..., mas así lo veo ahora en mi vago y como ensoñado recuerdo- blanca, de tupidos cabellos obscuros, alerta, risueña, bella. Esa era mi madre. La acompañaba una criada india, y le enviaba de su quinta legumbres y frutas, un viejo compadre gordo, que era nombrado «el compadre Guillén». La casa era primitiva, pobre, sin ladrillos, en pleno campo. Un día yo me perdí. Se me buscó por todas partes; hasta el compadre Guillén montó en su mula. Se me encontró, por fin, lejos de la casa, tras unos matorrales, debajo de las ubres de una vaca, entre mucho ganado que mascaba el jugo del yogol, fruto mucilaginoso y pegajoso que da una palmera y del cual se saca aceite en molinos de piedra como los de España. Dan a las vacas el fruto, cuyo hueso dejan limpio y seco, y así producen leche que se distingue por su exquisito sabor. Se me sacó de mi bucólico refugio, se me dio unas cuantas nalgadas y aquí mi recuerdo de esa edad desaparece, como una vista de cinematógrafo.

Mi segundo recuerdo de edad verdaderamente infantil es el de unos fuegos artificiales, en la plaza de la iglesia del Calvario, en León. Me cargaba en sus brazos una fiel y excelente mulata, la Serapia. Yo estaba ya en poder de mi tía abuela materna, doña Bernarda Sarmiento de Ramírez, cuyo marido había ido a buscarme a Honduras. Era él un militar bravo y patriota, de los unionistas de Centro-América, con el famoso caudillo general Máximo Jerez, y de quien habla en sus Memorias el filibustero yanqui William Walker. Le recuerdo: hombre alto, buen jinete, algo moreno, de barbas muy negras. Le llamaban «el bocón», seguramente por su gran boca. Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia. Dios le haya dado un buen sitio en alguno de sus paraísos. Yo me criaba como hijo del coronel Ramírez y de su esposa doña Bernarda. Cuando tuve uso de razón, no sabía otra cosa. La imagen de mi madre se había borrado por completo de mi memoria. En mis libros de primeras letras, alguno de los cuales he podido encontrar en mi último viaje a Nicaragua, se leía la conocida inscripción:

Si este libro se perdiese,

Como suele suceder,

Suplico al que me lo hallase

Me lo sepa devolver.

Y si no sabe mi nombre

aquí se lo voy a poner:

FÉLIX RUBÉN RAMÍREZ

El coronel se llamaba Félix, y me dieron su nombre en el bautismo. Fue mi padrino el citado general Jerez, célebre como hombre político y militar, que murió de ministro en Washington, y cuya estatua se encuentra en el parque de León.

Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según se me ha contado. El coronel Ramírez murió y mi educación quedó únicamente a cargo de mi tía abuela. Fue mermando el bienestar de la viuda y llegó la escasez, si no la pobreza. La casa era una vieja construcción, a la manera colonial; cuartos seguidos, un largo corredor, un patio con su pozo, árboles. Rememoro un gran «jícaro», bajo cuyas ramas leía; y un granado, que aún existe; y otro árbol que da unas flores de un perfume que yo llamaría oriental si no fuese de aquel pródigo trópico y que se llaman «mapolas».

La casa era para mí temerosa por las noches. Anidaban lechuzas en los aleros. Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos, los dos únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo. Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña... Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios. Una noche, la mujer gritó desusadamente; los vecinos se asomaron atemorizados, y alcanzaron a ver a la Juana Catina, por el aire, llevada por los diablos, que hacían un gran ruido, y dejaban un hedor a azufre.

Oía contar la aparición del difunto obispo García, al obispo Viteri. Se trataba de un documento perdido en un ya antiguo proceso de la curia. Una noche, el obispo Viteri hizo despertar a sus pajes, se dirigió a la catedral, hizo abrir la sala del capítulo, se encerró en ella, dejó fuera a sus familiares, pero éstos vieron, por el ojo de la llave, que su ilustrísima estaba en conversación con su finado antecesor. Cuando salió, «mandó tocar vacante»; todos creían en la ciudad, que hubiese fallecido. La sorpresa que hubo al otro día fue que el documento perdido se había encontrado. Y así se me nutría el espíritu, con otras cuantas tradiciones y consejas y sucedidos semejantes. De allí mi horror a las tinieblas nocturnas, y el tormento de ciertas pesadillas inenarrables.

Quedaba mi casa cerca de la iglesia de San Francisco, donde había existido un antiguo convento. Allí iba mi tía abuela a misa primera, cuando apenas aparecía el primer resplandor del alba, al canto de los gallos. Cuando en el barrio había un moribundo, tocaban en las campanas de esa iglesia el pausado toque de agonía, que llenaba mi pueril alma de terrores.

Los domingos llegaban a casa a jugar el fusilico viejos amigos, entre ellos un platero y un cura. Pasaba el tiempo. Yo crecía. Por las noches había tertulia, en la puerta de la calle, una calle mal empedrada de redondos y puntiagudos cantos. Llegaban hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados. Pasaba el «vendedor de arena»... Me iba deslizando. Quedaba dormido sobre el ruedo de la maternal falda, como un gozquejo. En esa época aparecieron en mí fenómenos posiblemente congestivos. Cuando se me había llevado a la cama, despertaba y volvía a dormirme. Alrededor del lecho mil círculos coloreados y concéntricos, caleidoscópicos, enlazados y con movimientos centrífugos y centrípetos, como los que forman la linterna mágica, creaban una visión extraña y para mí dolorosa. El central punto rojo se hundía, hasta incalculables hípnicas distancias, y volvía a acercarse; y su ir y venir era para mí como un martirio inexplicable. Hasta que, de repente, desaparecía la decoración de colores, se hundía el punto rojo y se apagaba, al ruido de una seca y para mí saludable explosión. Sentía una gran calma, un gran alivio; el sueño seguía, tranquilo. Por las mañanas mi almohada estaba llena de sangre, de una copiosa hemorragia nasal.

 

- III -

Se me hacía ir a una escuela pública. Aún vive el buen maestro, que era entonces bastante joven, con fama de poeta, el licenciado Felipe Ibarra. Usaba, naturalmente, conforme con la pedagogía singular de entonces, la palmeta, y en casos especiales, la flagelación en las desnudas posaderas. Allí se enseñaba la cartilla, el Catón cristiano, las «cuatro reglas», otras primarias nociones. Después tuve otro maestro, que me inculcaba vagas nociones de aritmética, geografía, cosas de gramática, religión. Pero quien primeramente me enseñó el alfabeto, mi primer maestro, fue una mujer, doña Jacoba Tellería, quien estimulaba mi aplicación con sabrosos pestiños, bizcotelas y alfajores que ella misma hacía, con muy buen gusto de golosinas y con manos de monja. La maestra no me castigó sino una vez, en que me encontrara, ¡a esa edad, Dios mío! en compañía de una precoz chicuela, iniciando, indoctos e imposibles Dafnis y Cloe, y según el verso de Góngora, «las bellaquerías, detrás de la puerta».

 

- IV -

En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un Quijote, las obras de Moratín, Las Mil y una noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame Stäel, un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo que autor, La Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño.

 

- V -

¿A qué edad escribí los primeros versos? No lo recuerdo precisamente, pero ello fue harto temprano. Por la puerta de mi casa -en las Cuatro Esquinas- pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa famosa: «Semana Santa en León y Corpus en Guatemala»; -y las calles se adornaban con arcos de ramas verdes, palmas de cocotero, flores de corozo, matas de plátanos o bananos, disecadas aves de colores, papel de China picado con mucha labor; y sobre el suelo se dibujaban alfombras que se coloreaban expresamente, con aserrín de rojo brasil o cedro, o amarillo «mora»; con trigo reventado, con hojas, con flores, con desgranada flor de «coyol». Del centro de uno de los arcos, en la esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la procesión del Señor del Triunfo, el domingo de Ramos, la granada se abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he podido recordar ninguno... pero sí sé que eran versos, versos brotados instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fue en mi orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces -y creo que aun persiste- la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros, «epitafios», en que los deudos lamentaban los fallecimientos, en verso por lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en estrofas.

A todo esto, el recuerdo de mi madre había desaparecido. Mi madre era aquella señora que me había acogido. Mi «padre» había muerto, el coronel Ramírez. A tal sazón llegó a vivir con nosotros y a criarse junto conmigo, una lejana prima, rubia, bastante bella, de quien he hablado en mi cuento Palomas blancas y garzas morenas. Ella fue quien despertara en mí los primeros deseos sensuales. Por cierto que, muchos años después, madre y posiblemente abuela, me hizo cargos: «¿Por qué has dado a entender que llegamos a cosas de amor, si eso no es verdad?». -«¡Ay!, le contesté, ¡es cierto! Eso no es verdad, ¡y lo siento! ¿No hubiera sido mejor que fuera verdad y que ambos nos hubiéramos encontrado en el mejor de los despertamientos, en la más ardiente de las adolescencias y en las primaveras del más encendido de los trópicos?...».

Mi familia se componía entonces de mi tía doña Rita Darío de Alvarado, a quien su hermano Manuel García, esto es Manuel Darío, único que tenía en tal ocasión dinero, había hecho donación de sus bienes ¡ah, malhaya! para que se casase con el cónsul de Costa Rica; mi tía Josefa, vivaz, parlera, muy amante de la crinolina, medio tocada, quien una vez -el día de la muerte de su madre- apareció calzada con zapatos rojos, y a las observaciones y reproches que se le hicieron, contestó que, «Las perdices y las palomitas de Castilla...». ¡Cuando digo que era medio tocada! Mi tía Sara, casada con un norteamericano, muy hermosa, y cuya hija mayor. ¡Oh Eros! un día, por sorpresa, en un aposento a donde yo entrara descuidado, me dio la ilusión de una Anadiómena... Y «mi tío Manuel». Porque don Manuel Darío figuraba como mi tío. Y mi verdadero padre, para mí, y tal como se me había enseñado, era el otro, el que me había criado desde los primeros años, el que había muerto, el coronel Ramírez. No sé por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora, con mi «tío Manuel». La voz de la sangre... ¡qué plácida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su padre.

Mi tía Rita era la adinerada de la familia. Mi padre, que, como he dicho, pasaba como mi tío, vivía en casa de su hermana, la cual era propietaria de haciendas de ganado y de ingenios de caña de azúcar. La vida de mi tía Rita me ha dejado un recuerdo verdaderamente singular e imborrable. Esta señora, que era muy religiosa, casada con don Pedro Alvarado, cónsul de Costa Rica, tenía, como los antiguos reyes, dos bufones, enanos, arrugados, feos, velazquescos, hombre y mujer. Él se llamaba el capitán Vilches, y la mujer era su madre; pero eran iguales completamente, en tamaño, en fealdad, y me inspiraban miedo e inquietud. Hacían retratos de cera, monicacos deformes, y el «capitán», que decía ser también sacerdote, pronuncia sermones que hacían reír, pero que yo oía con gran malestar, como si fuesen cosas de brujos.

Los domingos se daban bailes de niños, y aunque mi primo Pedro, señor de la casa, era el más rico y un excelente pianista en tan corta edad, ya, con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las muchachas, por el asunto de los versos. ¡Fidelina, Rafaela, Julia, Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! recuerdos, recuerdos suaves.

A veces los tíos disponían viajes al campo, a la hacienda. Íbamos en pesadas carretas, tiradas por bueyes, cubiertas con toldo de cuero crudo. En el viaje se cantaban canciones. Y en amontonamiento inocente, íbamos a bañarnos al río de la hacienda, que estaba a poca distancia, todos, muchachos y muchachas, cubiertos con toscos camisones. Otras veces eran los viajes a la orilla del mar, en la costa de Poneloya, en donde estaba la fabulosa peña del Tigre. Íbamos en las mismas carretas de ruedas rechinantes, los hombres mayores a caballo; y al pasar un río, en pleno bosque, se hacía alto, se encendía fuego, se sacaban los pollos asados, los huevos duros, el aguardiente de caña y la bebida nacional, llamada «tiste», hecha de cacao y maíz; y se batía en jícaras con molinillo de madera. Los hombres se alegraban, cantaban al son de la guitarra y disparaban los tiros al aire y daban los gritos usuales, estentóreos y alternativos, muy diferentes del chivateo araucano. Se llegaba al punto terminal y se vivía por algunos días bajo enramadas hechas con hojas, juncos y cañas verdes, para resguardarse del tórrido sol. Iban las mujeres por un lado, los hombres por el otro, a bañarse en el mar, y era corriente el encontrar de súbito, por un recodo, el espectáculo de cien Venus Anadiómenas en las ondas. Las familias se juntaban por las noches y se pasaba el tiempo bajo aquellos cielos profundos, llenos de estrellas prodigiosas, jugando juegos de prendas, corriendo tras los cangrejos, o persiguiendo a las grandes tortugas llamadas «paslamas», cuyos huevos se sacan cavando en los nidos que dejan en la arena.

Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba, solitario, con mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces, a mirar cosas, en el cielo, en el mar. Una vez vi una escena horrible, que me quedó grabada en la memoria. Cerca de una yunta de bueyes, a orillas de un pantano, dos carreteros que se peleaban, echaron mano al machete, pesado y filoso, arma que sirve para partir la caña de azúcar y comenzaron a esgrimirlo; y de pronto vi algo que saltó por el aire. Eran, juntos, el machete y la mano de uno de ellos.

Por las tardes y las noches paseaban, a caballo o a pie vociferando, hombres borrachos. Los soldados, descalzos y vestidos de azul, se los llevaban presos. Cuando la luna iba menguando, retornaban las familias a la ciudad.

 

- VI -

Por influencia de mi tía Rita, comencé a frecuentar la casa de los Padres Jesuitas, en la iglesia de la Recolección. Debo decir que desde niño se me infundió una gran religiosidad, religiosidad que llegaba a veces hasta la superstición. Cuando tronaba la tormenta y se ponía el cielo negro, en aquellas tempestades únicas, como no he visto en parte alguna, sacaba mi tía abuela palmas benditas y hacía coronas para todos los de la casa; y todos coronados de palmas rezábamos en coro el trisagio y otras oraciones. Señaladas devociones eran para mí temerosas. Por ejemplo, al acercarse la fiesta de la Santa Cruz. Porque ¡oh, Dios de los dioses!, martirio como aquél, para mis pocos años, no os lo podéis imaginar. Llegado ese día, todos nos poníamos delante de las imágenes; y la buena abuela dirigía el rezo, un rezo que concluía, después de varias jaculatorias, con estas palabras:

 

«Vete de aquí Satanás

que en mí parte no tendrás

porque el día de la Cruz

dije mil veces: Jesús».

 

Pues el caso es que teníamos, en efecto, que decir mil veces la palabra Jesús, y aquello era inacabable. «¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Jesús!» hasta mil; y a veces se perdía la cuenta y había que volver a empezar.

Los jesuitas me halagaron; pero nunca me sugestionaron para entrar en la Compañía, seguramente, viendo que yo no tenía vocación para ello. Había entre ellos hombres eminentes, un padre Köenig, austriaco, famoso como astrónomo; un padre Arubla, bello e insinuante orador; un padre Valenzuela, célebre en Colombia como poeta y otros cuantos. Entré en lo que se llamaba la Congregación de Jesús, y usé en las ceremonias la cinta azul y la medalla de los congregantes. Por aquel entonces hubo un grave escándalo. Los jesuitas ponían en el altar mayor de la iglesia, en la fiesta de San Luis Gonzaga, un buzón, en el cual podían echar sus cartas todos los que quisieran pedir algo o tener correspondencia con San Luis y con la Virgen Santísima. Sacaban las cartas y las quemaban delante del público; pero se decía que no sin haberlas visto antes. Así eran dueños de muchos secretos de familia, y aumentaban su influjo por estas y otras razones. El gobierno decretó su expulsión, no sin que antes hubiese yo asistido con ellos a los ejercicios de San Ignacio de Loyola, ejercicios que me encantaban y que por mí hubieran podido prolongarse indefinidamente por las sabrosas vituallas y el exquisito chocolate que los reverendos nos daban.

 

- VII -

Florida estaba mi adolescencia. Ya tenía yo escritos muchos versos de amor y ya había sufrido, apasionado precoz, más de un dolor y una desilusión a causa de nuestra inevitable y divina enemiga: pero nunca había sentido una erótica llama igual a la que despertó en mis sentidos e imaginación de niño, una apenas púber saltimbanqui norteamericana, que daba saltos prodigiosos en un circo ambulante. No he olvidado su nombre, Hortensia Buislay.

Como no siempre conseguía lo necesario para penetrar en el circo, me hice amigo de los músicos y entraba a veces, ya con un gran rollo de papeles, ya con la caja de un violín; pero mi gloria mayor fue conocer el payaso, a quien hice repetidos ruegos para ser admitido en la farándula. Mi inutilidad fue reconocida. Así, pues, tuve que resignarme a ver partir a la tentadora, que me había presentado la más hermosa visión de inocente voluptuosidad en mis tiempos de fogosa primavera.

Ya iba a cumplir mis trece años y habían aparecido mis primeros versos en un diario titulado El Termómetro, que publicaba en la ciudad de Rivas, el historiador y hombre político José Dolores Gómez. No he olvidado la primera estrofa de estos versos de primerizo, rimados en ocasión de la muerte del padre de un amigo. Ellos serían ruborizantes si no los amparase la intención de la inocencia:

 

«Murió tu padre es verdad,

lo lloras, tienes razón,

pero ten resignación

que existe una eternidad

do no hay penas...

Y en un trozo de azucena

moran los justos cantando...».

 

No, no continuaré. Otros versos míos se publicaron y se me llamó en mi república y en las cuatro de Centro América, «el poeta niño». Como era de razón, comencé a usar larga cabellera, a divagar más de lo preciso, a descuidar mis estudios de colegial, y en mi desastroso examen de matemáticas fui reprobado con innegable justicia.

Como se ve, era la iniciación de un nacido aeda. Y la alarma familiar entró en mi casa. Entonces, la excelente anciana protectora, quería que aprendiese a sastre, o a cualquier otro oficio práctico y útil, pero mis románticos éxitos con las mozas eran indiscutibles, lo cual me valía, por mi contextura endeble y mis escasas condiciones de agresividad, ser la víctima de fuertes zopencos rivales míos, que tenían brazos robustos y estaban exentos de iniciación apolínea.

 

- VIII -

Un día una vecina me llamó a su casa. Estaba allí una señora vestida de negro, que me abrazó y me besó llorando, sin decirme una sola palabra. La vecina me dijo: «Esta es tu verdadera madre, se llama Rosa, y ha venido a verte, desde muy lejos». No comprendí de pronto, como tampoco me di exacta cuenta de las mil palabras de ternura y consejos que me prodigara en la despedida, que oía de aquella dama para mí extraña. Me dejó unos dulces, unos regalitos. Fue para mí rara visión. Desapareció de nuevo. No debía volver a verla hasta más de veinte años después.

Algunas veces llegué a visitar a D. Manuel Darío, en su tienda de ropa. Era un hombre no muy alto de cuerpo, algo jovial, muy aficionado a los galanteos, gustador de cerveza negra de Inglaterra. Hablaba mucho de política y esto le ocasionó en cierto tiempo varios desvaríos. Desde luego, aunque se mantuvo cariñoso, no con extremada amabilidad, nada me daba a entender que fuese mi padre. La verdad es que no vine a saber sino mucho más tarde que yo era hijo suyo.

 

- IX -

Por ese tiempo, algo que ha dejado en mi espíritu una impresión indeleble, me aconteció. Fue mi primer pesadilla. La cuento, porque, hasta en estos mismos momentos, me impresiona. Estaba yo, en el sueño, leyendo cerca de una mesa, en la salita de la casa, alumbrada por una lámpara de petróleo. En la puerta de la calle, no lejos de mí, estaba la gente de la tertulia habitual. A mi derecha había una puerta que daba al dormitorio; la puerta estaba abierta y vi en el fondo obscuro que daba al interior, que comenzaba como a formarse un espectro; y con temor miré hacia este cuadrado de obscuridad y no vi nada; pero, como volviese a sentirme inquieto, miré de nuevo y vi que se destacaba en el fondo negro una figura blanquecina, como la de un cuerpo humano envuelto en lienzos; me llené de terror, porque vi aquella figura que, aunque no andaba, iba avanzando hacia donde yo me encontraba. Las visitas continuaban en su conversación y, a pesar de que pedí socorro, no me oyeron. Volví a gritar y siguieron indiferentes. Indefenso, al sentir la aproximación de «la cosa», quise huir y no pude, y aquella sepulcral materialización siguió acercándose a mí, paralizándome y dándome una impresión de horror inexpresable. Aquello no tenía cara y era, sin embargo, un cuerpo humano. Aquello no tenía brazos y yo sentía que me iba a estrechar. Aquello no tenía pies y ya estaba cerca de mí. Lo más espantoso fue que sentí inmediatamente el tremendo olor de la cadaverina, cuando me tocó algo como un brazo, que causaba en mí algo semejante a una conmoción eléctrica. De súbito, para defenderme, mordí «aquello» y sentí exactamente como si hubiera clavado mis dientes en un cirio de cera oleosa. Desperté, con sudores de angustia.

De la familia materna no conocía casi a nadie. Como mis padres eran primos, los parientes maternos llevaban también con el suyo el apellido Darío, así oía yo la historia novelesca de dos hermanos de mi madre, Antonio, llamado «el indio Darío», que por cierto era, según decires, un hombre guapo, rubio y de ojos azules y que murió asesinado cruelmente en una revolución en la ciudad de Granada, en donde, después de últimarle, le ataron a la cola de un caballo y fue arrastrado por las calles; e Ignacio, muerto a traición de un escopetazo; unos dicen que por asuntos de amores y otros que por robarle, después de haber salido de una casa de juego. Había también dos primos de mi madre, que habitaban en el puerto de Corinto, y se dedicaban al negocio de exportación de maderas, especialmente de mora y de palo de campeche.

Cuántas veces me despertaron ansias desconocidas y misteriosos ensueños las fragatas y bergantines que se iban con las velas desplegadas por el golfo azul, con rumbo a la fabulosa Europa. En muchas ocasiones fui al puerto, en pequeñas barcas, por los esteros y manglares, poblados de grandes almejas y cangrejos, y me iba a admirar al cónsul inglés, Miller, que perseguía a balazos con su winchester a los tiburones.

 

- X -

Se publicaba en León un periódico político titulado La Verdad. Se me llamó a la redacción -tenía a la sazón cerca de catorce años- se me hizo escribir artículos de combate que yo redactaba a la manera de un escritor ecuatoriano, famoso, violento, castizo e ilustre, llamado Juan Montalvo, que ha dejado excelentes volúmenes de tratados, conminaciones y catilinarias. Como el periódico La Verdad era de la oposición, mis estilados denuestos, iban contra el gobierno y el gobierno se escamó. Se me acusaba como vago, y me libré de las oficiales iras porque un doctor pedagogo, liberal y de buen querer, declaró que no podía ser vago quien como yo era profesor en el colegio que él dirigía. En efecto: desde hacía algún tiempo, enseñaba yo gramática en tal establecimiento.

Cayó en mis manos un libro de masonería, y me dio por ser masón, y llegaron a serme familiares Hiram, el Templo, los caballeros Kadosh, el mandil, la escuadra, el compás, las baterías y todo la endiablada y simbólica liturgia de esos terribles ingenuos.

Con esto adquirí cierto prestigio entre mis jóvenes amigos. En cuanto a mi imaginación y mi sentido poético, se encantaban en casa con la visión de las turgentes formas de mi prima, que aún usaba traje corto; con la cigarrera Manuela, que manipulando sus tabacos me contaba los cuentos del príncipe Kamaralzaman y de la princesa Badura, del Caballo Volante, de los genios orientales, de las invenciones maravillosas de las Mil y Una Noches.

Brillaba el fuego de los tizones en la cocina, se oía el ruido de las salvas que sirven para desgranar las mazorcas de maíz. Un perro, «Laberinto», estaba a mi lado con el hocico entre las patas. Vageaba en el silencio la cálida noche. Yo escuchaba atento las lindas fábulas.

Mas la vida pasaba. La pubertad transformaba mi cuerpo y mi espíritu. Se acentuaban mis melancolías sin justas causas. Ciertamente yo sentía como una invisible mano que me empujaba a lo desconocido. Se despertaron los vibrantes, divinos e irresistibles deseos. Brotó en mí el amor triunfante y fui un muchacho con ojeras, con sueños y que se iba a confesar todos los sábados.

Por este tiempo llegaron a León unos hombres políticos, senadores, diputados, que sabían de la fama del poeta niño. Me conocieron. Me hicieron recitar versos. Me dijeron que era preciso que fuera a la capital. La mamá Bernarda me echó la bendición, y me partí para Managua.

Managua, creada capital para evitar los celos entre León y Granada, es una linda ciudad situada entre sierras fértiles y pintorescas, en donde se cultiva profusamente el café; y el lago, poblado de islas y en uno de cuyos extremos se levanta el volcán de Momotombo, inmortalizado líricamente por Víctor Hugo, en la Leyenda de los siglos.

Mi renombre departamental se generalizó muy pronto, y al poco tiempo yo era señalado como un ser raro. Demás decir, que era buscado para la incontenible manía de versos para álbumes y abanicos.

A la sazón estaba reunido el Congreso.

Era presidente de él un anciano granadino, calvo, conservador, rico y religioso, llamado don Pedro Joaquín Chamorro. Yo estaba protegido por miembros del Congreso pertenecientes al partido liberal, y es claro que en mis poesías y versos ardía el más violento, desenfadado y crudo liberalismo. Entre otras cosas se publicó cierto malhadado soneto que acababa así, si la memoria me es fiel:

 

«El Papa rompe con furor su tiara

sobre el trono del regio Vaticano».

 

Presentaron los diputados amigos una moción al Congreso para que yo fuese enviado a Europa a educarme por cuenta de la nación. El decreto, con algunas enmiendas, fue sometido a la aprobación del presidente. En esos días se dio una fiesta en el palacio presidencial, a la cual fui invitado, como un número curioso, para alegrar con mis versos los oídos de los asistentes. Llegó y, tras las músicas de la banda militar, se me pide que recite. Extraje de mi bolsillo una larga serie de décimas, todas ellas rojas de radicalismo antirreligioso, detonantes, posiblemente ateas, y que causaron un efecto de todos los diablos. Al concluir, entre escasos aplausos de mis amigos, oí los murmullos de los graves senadores, y vi moverse desoladamente la cabeza del presidente Chamorro. Éste me llamó, y, poniéndome la mano en un hombro, me dijo, más o menos: -«Hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas peores?». Y así la disposición del Congreso no fue cumplida. El presidente dispuso que se me enviase al Colegio de Granada; pero yo era de León. Existía una antigua rivalidad entre ambas ciudades, desde tiempo de la Colonia. Se me aconsejó que no aceptase tal cosa, pues ello era opuesto a lo resuelto por los congresales, y porque ello humillaba a mi vecindario leonés; y decididamente renuncié el favor.

En Managua conocí a un historiador ilustre de Guatemala, el doctor Lorenzo Montúfar, quien me cobró mucho cariño; al célebre orador cubano Antonio Zambrana, que fue para mí intelectualmente paternal, y al doctor José Leonard y Bertholet, que fue después mi profesor en el Instituto leonés de Occidente y que tuvo una vida novelesca y curiosa. Era polaco de origen; había sido ayudante del general Kruck en la última insurrección había pasado a Alemania, a Francia, a España. En Madrid aprendió maravillosamente el español, se mezcló en política, fue íntimo de los prohombres de la república y de hombres de letras, escritores y poetas, entre ellos don Ventura Ruiz de Aguilera, que habla de él en uno de sus libros, y don Antonio de Trueba. Llegó a tal la simpatía que tuvieron por él sus amigos españoles, que logró ser Leonard hasta redactor de la Gaceta de Madrid.

Así, pues, mis frecuentaciones en la capital de mi patria eran con gente de intelecto, de saber y de experiencia y por ellos conseguí que se me diese un empleo en la Biblioteca Nacional. Allí pasé largos meses leyendo todo lo posible y entre todas las cosas que leí «¡horrendo referens!» fueron todas las introducciones de la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneira, y las principales obras de casi todos los clásicos de nuestra lengua. De allí viene que, cosa que sorprendiera a muchos de los que conscientemente me han atacado, el que yo sea en verdad un buen conocedor de letras castizas, como cualquiera puede verlo en mis primeras producciones publicadas, en un tomo de poesías, hoy inencontrable, que se titula Primeras Notas, como ya lo hizo notar don Juan Valera, cuando escribió sobre el libro Azul. Ha sido deliberadamente que después, con el deseo de rejuvenecer, flexibilizar el idioma, he empleado maneras y construcciones de otras lenguas, giros y vocablos exóticos y no puramente españoles.

Era director de la Biblioteca Nacional un viejo poeta llamado Antonio Aragón, que había sido en Guatemala íntimo amigo de un gran poeta español, hoy bastante desconocido, pero a quien debieron mucho los poetas hispano-americanos en el tiempo en que recorrió este continente. Me refiero a Don Fernando Velarde, originario de Santander, a quien ha hecho felizmente justicia en uno de sus libros el grande y memorable don Marcelino Menéndez y Pelayo. Don Antonio Aragón era un varón excelente, nutrido de letras universales, sobre todo de clásicos y griegos y latinos. Me enseñó mucho y él fue el que me contó algo que figura en las famosas Memorias de Garibaldi. Garibaldi estuvo en Nicaragua. No puedo precisar en qué fecha, pues no tengo a la vista un libro publicado por Dumas, y don Antonino le conoció mucho. Estableció la primera fábrica de velas que haya habido en el país. Habitó en León en la casa de don Rafael Salinas. Se dedicaba a la caza. Muy frecuentemente salía con su fusil y se internaba por los montes cercanos a la ciudad y volvía casi siempre con un venado al hombro y una red llena de pavos monteses, conejos y otras alimañas. Un día alguien le reprendió porque al pasar el viático, y estando en la puerta de la casa, no se quitó el sombrero, y él dijo estas frases que me repitiera don Antonino muchas veces: «¿Cree usted que Dios va a venir a envolverse en harina para que le metan en un saco de m...?».

 

- XI -

Vivía yo en casa del licenciado Modesto Barrios, y este licenciado gentil me llevaba a visitas y tertulias. Una noche oí cantar a una niña.

Era una adolescente de ojos verdes, de cabello castaño, de tez levemente acanelada, con esa suave palidez que tienen las mujeres de Oriente y de los trópicos. Un cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía al andar ilusiones de canéfora. Era alegre, risueña, llena de frescura y deliciosamente parlera, y cantaba con una voz encantadora. Me enamoré desde luego; fue «el rayo» como dicen los franceses. Nos amamos. Jamás escribiera tantos versos de amor como entonces. Versos unos que no recuerdo y otros que aparecieron en periódicos y que se encuentran en algunos de mis libros. Todo aquel que haya amado en su aurora sabe de esas íntimas delicias que no pueden decirse completamente con palabras, aunque sea Hugo el que las diga. Esas exquisitas cosas de los amores primeros que nos perfuman la vida, dulce, inefable y misteriosamente. Iba a comer algunas veces en la casa de esta niña, en compañía de escritores y hombres públicos. En la comida se hablaba de letras, de arte, de impresiones varias; pero, naturalmente, yo me pasaba las horas mirando los ojos de la exquisita muchacha, que era mi verdadera musa en esos días dichosos. Una fatal timidez, que todavía me dura, hizo que yo no fuese al comienzo completamente explícito con ella, en mis deseos, en mi modo de ser, en mis expresiones. Pasaban deliciosas escenas de una castidad casi legendaria, en que un roce de mano era la mayor de las conquistas. Pero para el que haya experimentado tales cosas, todo ello es hechicero, justo, precioso. Nos poníamos, por ejemplo, a mirar una estrella, por la tarde, una grande estrella de oro en unos crepúsculos azules o sonrosados, cerca del lago y nuestro silencio estaba lleno de maravillas y de inocencia. El beso llegó a su tiempo y luego llegaron a su tiempo los besos. ¡Cuán divino y criollo Cantar de los cantares! Allí comprendí por primera vez en su profundidad: Mel et lac sub lingua tua. Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va por el jardín. Los viejos duermen en la hamaca. Entonces, en la hora tibia, dos manos se juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se compenetran mutuas voliciones; no se quiere pensar, no se quiere saber si se existe, y una voluptuosidad miliunanochesca perfuma de esencias tropicales el triunfo de la atracción y del instinto.

Aconteció que un amigo mío estaba moribundo, y como es por allí costumbre, las familias amigas iban a velar al enfermo. Iba así la joven que yo amaba, y alguien me insinuó que ella había tenido amores con el doliente. No recuerdo haber sentido nunca celos tan purpúreos y trágicos, delante del hombre pálido que estaba yéndose de la vida y a quien mi amada, daba a veces las medicinas. Juro que nunca, durante toda mi existencia, a no ser en instantes de violencia o provocada ira, he deseado mal o daño a nadie; pero en aquellos momentos se diría que casi ponía oídos deseosos, para escuchar si sonaba cerca de la cabecera el ruido de la hoz de la muerte. Esto lo he dicho concentradamente en unos cortos versos de mi hoy raro libro publicado en Chile, Abrojos. Amor sensual, amor de tierra caliente, amor de primera juventud, amor de poeta y de hiperestésico, de imaginativo. Pero es el caso que había en él una estupenda castidad de actos. Todo se iba en ver las garzas del lago, los pájaros de las islas, las nocturnas constelaciones, y en medias palabras y en profundas miradas y en deseos contenidos y en esa profusión de cosas iniciales que constituyen el silabario que todos sabéis deletrear.

Un día dije a mis amigos: -«Me caso». La carcajada fue homérica. Tenía apenas catorce años cumplidos. Como mis buenos queredores viesen una resolución definitiva en mi voluntad, me juntaron unos cuantos pesos, me arreglaron un baúl y me condujeron al puerto de Corinto, donde estaba anclado un vapor que me llevó en seguida a la república de El Salvador.

 

- XII -

Gobernaba este país entonces el doctor Rafael Zaldívar, hombre culto, hábil, tiránico para unos, bienhechor para otros, y a quien, habiendo sido mi benefactor y no siendo yo juez de historia, en este mundo, no debo sino alabanzas y agradecimientos. Llegar yo al puerto de La Libertad y poner un telegrama a su excelencia, todo fue uno. Inmediatamente recibí una contestación halagadora del presidente, que se encontraba en una hacienda, en el cual telegrama era muy gentil conmigo y me anunciaba una audiencia en la capital. Llegué a la capital. Al cochero que me preguntó a qué hotel iba, le contesté sencillamente: «Al mejor». El mejor, de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quiero, lo tenía un barítono italiano, de apellido Petrilli, y era famoso por sus macarroni y su moscato espumante y las bellas artistas que llegaban a cantar ópera y a recoger el pañuelo de un galante, generoso infatigable sultán presidencial. A los pocos días recibí aviso de que el presidente me esperaba en la casa de gobierno. Mozo flaco y de larga cabellera, pretérita indumentaria y exhaustos bolsillos, me presenté ante el gobernante. Pasé entre los guardias y me encontré tímido y apocado delante del jefe de la República, que recibía, de espaldas a la luz, para poder examinar bien a sus visitantes. Mi temor era grande y no encontraba palabras que decir. El presidente fue gentilísimo y me habló de mis versos y me ofreció su protección; mas cuando me preguntó qué era lo que yo deseaba, contesté, ¡oh, inefable Jerome Paturot!, con estas exactas e inolvidables palabras que hicieron sonreír al varón de poder: -«Quiero tener una buena posición social». ¿Qué entendería yo por tener una posición social? Lo sospecho. El doctor Zaldívar, siempre sonriendo, me contestó bondadosamente: -«Eso depende de usted...». Me despedí. Cuando llegué al hotel, al poco rato, me dijeron que el director de policía deseaba verme. Noté en él y en el dueño del hotel un desusado cariño. Se me entregaron quinientos pesos plata, obsequio del presidente. ¡Quinientos pesos plata! Macarroni, moscato espumante, artistas bellas... Era aquello, en la imaginación del ardiente muchacho flaco y de cabellos largos, ensoñador y lleno de deseos, un buen comienzo para tener una buena posición social...

Al día siguiente por la mañana estaba yo rodeado de improbables poetas adolescentes escritores en ciernes y aficionados a las musas. Ejercía de nabab. Los invité a almorzar. Macarroni, moscato espumante. El esplendor continuó hasta la tarde y llegó la noche.

¿Qué pícaro Belcebú hizo en las altas horas, que me levantase y fuese a tocar la puerta de la bella diva que recibía altos favores y que habitaba en el mismo hotel que yo? Nocturno efecto sensacional, desvarío y locura. Al día siguiente estaba yo todo mohíno y lleno de remordimientos. La cara del hostelero me indicaba cosas graves, y aunque yo hablara de mi amistad presidencial, es el caso que mis méritos estaban en baja. A los pocos días, los quinientos pesos se habían esfumado y recibí la visita del mismo director de Policía que me los había traído. Dije yo: -«Viene con otros quinientos presos». -«Joven -me dijo con un aire serio y conminatorio- aliste sus maletas y de orden del señor presidente, sígame». Le seguí como un corderito.

Me llevó a un colegio que dirigía cierto célebre escritor, el doctor Reyes. Oí que el terrible funcionario decía al director: «Que no deje usted salir a este joven, que lo emplee en el colegio y que sea severo con él». Dije para mí: «Estoy perdido». Pero el director era un hombre suave, insinuante, con habilidad indígena, culto malicioso, y comprendió qué clase de soñador le llevaban. «Amiguito -me dijo- no encontrará usted en mí severidad, sino amistad; pórtese bien, dará, usted una clase de gramática. Eso sí, no saldrá usted a la calle, porque es orden estricta del señor Presidente». En efecto, comencé a hacer mi vida escolar, no sin causar, desde luego, en el establecimiento inusitadas revoluciones. Por ejemplo, me hice magnetizador entre los muchachos. Hacía misteriosos pases y decía palabras sibilinas, y lo peor del caso es que un día uno de los chicos se me durmió de veras y no lo podía despertar, hasta que a alguien se le ocurrió echarle un vaso de agua fría en la cabeza. El director me llamó y me dijo palabras reprensivas. No insistí, pero enseñé a recitar versos a todos los alumnos y era consultado para declaraciones y cartas de amor. En tal prisión estuve largos meses, hasta que un día, también por orden presidencial, fui sacado para algo que señaló en mi vida una fecha inolvidable: el estreno de mi primer frac y mi primera comunicación con el público.

El presidente había resuelto que fuese yo -la verdad es que ello era honroso y satisfactorio para mis pocos años- el que abriese oficialmente la velada que se dio en celebración del Centenario de Bolívar. Escribí una oda que, según lo que vagamente recuerdo, era bella, clásica, correcta, muy distinta, naturalmente, a toda mi producción en tiempos posteriores.

Aquí se produce en mi memoria una bruma que me impide todo recuerdo. Sólo sé que perdí el apoyo gubernamental. Que anduve a la diabla con mis amigos bohemios y que me enamoré ligera y líricamente de una muchacha que se llamaba Refugio, a la cual escribí, en cierta ocasión, esta inefable cuarteta, que tuvo, desde luego, alguna romántica recompensa:

 

Las que se llaman Fidelias

Deben tener mucha fe,

Tú, que te llamas Refugio

Refugio refugiame.

 

Era una chica de catorce años, tímida y sonriente, gordita y sonrosada como una fruta. El caso fue simplemente poético y sin trascendencias. Poco tiempo después volví a mi tierra.

 

- XIII -

De nuevo en Nicaragua, reanudé mis amoríos con la que una vez llamé «garza morena». Era presidente de la República el general Joaquín Zabala, granadino, conservador, gentilhombre, excelente sujeto para el gobierno y de seguros prestigios. Se me consiguió un empleo en la secretaría presidencial. Escribí en periódicos semi-oficiales versos y cuentos y uno que otro artículo político. Siempre lleno de ilusiones amorosas, mi encanto era irme a la orilla del lago por las noches llenas de insinuante tibieza. Me acostaba en el muelle de madera. Miraba las estrellas prodigiosas, oía el chapoteo de las aguas agitadas. Pensaba. Soñaba. ¡Oh, sueños dulces de la juventud primaveral! Revelaciones súbitas de algo que está en el misterio de los corazones y en la reconditez de nuestras mentes; conversación con las cosas en un lenguaje sin fórmula, vibraciones inesperadas de nuestras íntimas fibras y ese reconcentrar por voluntad, por instinto, por influencia divina en la mujer, en esa misteriosa encarnación que es la mujer, todo el cielo y toda la tierra. Naturalmente, en aquellas mis solitarias horas brotaban prosas y versos y la erótica hoguera iba en aumento. Hacía viajes a veces a Momotombo, el puerto del lago. Admiraba los pájaros de las islas. En ocasiones cazaba cocodrilos con Winchester, en compañía de un rico y elegante amigo llamado Lisímaco Lacayo. Mi trabajo en la secretaría del presidente, bajo la dirección de un íntimo amigo, escritor, que tuvo después un trágico fin en Costa Rica -Pedro Ortiz- me daba lo suficiente para vivir con cierta comodidad.

A causa de la mayor desilusión que pueda sentir un hombre enamorado, resolví salir de mi país. ¿Para dónde? Para cualquier parte. Mi idea era irme a los Estados Unidos. ¿Por qué el país escogido fue Chile? Estaba entonces en Managua un general y poeta salvadoreño, llamado don Juan Cañas, hombre noble y fino, de aventuras y conquistas, minero en California, militar en Nicaragua, cuando la invasión del yankee Walker. Hombre de verdadero talento, de completa distinción, y bondad inagotable. Clillenófilo decidido desde que en Chile fue diplomático allá por el año de la Exposición Universal. «Vete a Chile -me dijo-. Es el país a donde debes ir». -«Pero, don Juan -le contesté- cómo me voy a ir a Chile si no tengo los recursos necesarios?» -«Vete a nado -me dijo- aunque te ahogues en el camino». Y el caso es que entre él y otros amigos me arreglaron mi viaje a Chile. Llevaba como único dinero unos pocos paquetes de soles peruanos y como única esperanza dos cartas que me diera el general Cañas -una para un joven que había sido íntimo amigo suyo y que residía en Valparaíso, Eduardo Poirier, y otra para un alto personaje de Santiago.

En ese tiempo vino la guerra que por la unión de las cinco repúblicas de Centro América declaraba el presidente de Guatemala, Rufino Barrios. En Nicaragua había subido al poder después de Zábala, el doctor Cárdenas. Y anduve entre proclamas, discursos y fusilerías. Vino un gran terremoto. Estando yo de visita en una casa, oí un gran ruido y sentí palpitar la tierra bajo mis pies; instintivamente tomé en brazos a una niñita que estaba cerca de mí, hija del dueño de casa, y salí a la calle; segundos después la pared caía sobre el lugar en que estábamos. Retumbaba el enorme volcán huguesco, llovía cenizas. Se obscureció el sol, de modo que a las dos de la tarde se andaba por las calles con linternas. Las gentes rezaban, había un temor y una impresión medioevales. Así me fui al puerto como entre una bruma. Tomé el vapor, un vapor alemán de la compañía «Kosmos», que se llamaba Uarda. Entré a mi camarote, me dormí. Era yo el único pasajero. Desperté horas después y fui sobre cubierta. A lo lejos quedaban las costas de mi tierra. Se veía sobre el país una nube negra. Me entró una gran tristeza. Quise comunicarme con las gentes de a bordo, con mi precario inglés y no pude hacerme entender. Así empezaron largos días de navegación entre alemanes que no hablaban más lengua que la suya. El capitán me tomó cariño, me obsequiaba en la comida con buenos vinos del Rhin, cervezas teutónicas y refinados alcoholes. Y por el juego del dominó aprendí a contar en alemán: ein, zwei, drei, vier, fünf... Visité todos los puertos del Pacífico, entre los cuales aquellos donde no hay árboles, ni agua, y los hoteleros, para distracción de sus huéspedes tienen en tablas, que colocan como biombos, pintados árboles verdes y aun llenos de flores y frutas.

 

- XIV -

Por fin, el vapor llega a Valparaíso. Compro un periódico. Veo que ha muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo un artículo. Desembarco. La misma cosa que en el Salvador: ¿qué hotel? El mejor.

No fue el mejor, sino un hotel de segunda clase en donde se hospedaba un pianista francés llamado el capitán Yoyer. Hice buscar a Eduardo Poirier y al poco rato este hombre generoso, correcto y eficaz estaba conmigo, dándome la ilusión de un Chile espléndido y realizable para mis aspiraciones El Mercurio de Valparaíso, publicó mi artículo sobre Vicuña Mackenna y me lo pagó largamente. Poirier fue entonces, después y siempre, como un hermano mío. Pero había que ir inmediatamente a Santiago, a la capital. Poirier me pidió la carta que traía yo para aquel personaje eminente en la ciudad directiva y la envió al destinatario.

Mi artículo en El Mercurio, mi renombre anterior... Contestó aquel personaje que tenía en el Hotel de France ya listas las habitaciones para el señor Darío y que me esperaría en la estación. Tomé el tren para Santiago.

Por el camino no fueron sino rápidas visiones para ojos de poeta, y he aquí la capital chilena.

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana. Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos, cochero estirado y valet y un señor todo envuelto en pieles, tipo de financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo. Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso, asombrado y despectivo me preguntó: -«¿Sería usted acaso el señor Rubén Darío?». Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado pregunté: -«¿Sería usted acaso el señor C. A.?» Entonces vi desplomarse toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantaloncitos estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí. -«Tengo -me dijo- mucho placer en conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le hablé a su amigo Poirier. No le conviene».

Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida práctica, la ilusión que aquel político opulento tenía respecto al poeta que llegaba de Centro América. Y no había, en resumidas cuentas, más que el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su larga cabellera.

 

- XV -

Por recomendación de aquel distinguido caballero entré inmediatamente en la redacción de La Época; que dirigía el señor Eduardo Mac-Clure, y desde ese momento me incorporé a la joven intelectualidad de Santiago. Se puede decir que la «élite» juvenil santiaguina se reunía en aquella redacción, por donde pasaban graves y directivos personajes. Allí conocí a don Pedro Montt, a don Agustín, Edwards, cuñado del director del diario, a don Augusto Orrego Luco, al doctor Federico Puga Borne, actual ministro de Chile en Francia, y a tantos otros que pertenecían a la alta política de entonces.

La falange nueva la componía un grupo de muchachos brillantes que han tenido figuración, y algunos la tienen, no solamente en las letras, sino también en puesto de gobierno. Eran habituales a nuestras reuniones Luis Orrego Luco; el hijo del presidente de la República, Pedro Balmaceda; Manuel Rodríguez Mendoza; Jorge Huneeis Gana; su hermano Roberto; Alfredo y Galo Irarrázabal; Narciso Tondreau; el pobre Alberto Blest, ido tan pronto; Carlos Luis Hübner y otros que animaban nuestros entusiasmos con la autoridad que ya tenían; por ejemplo: el sutil ingenio de Vicente Grez o la romántica y caballeresca figura de Pedro Nolasco Préndez.

Luis Orrego Luco hacía presentir ya al escritor de emoción e imaginación que había de triunfar con el tiempo en la novela. Rodríguez Mendoza era entendedor de artísticas disciplinas y escritor político que fue muy apreciado. A él dediqué mi colección de poesías Abrojos. Jorge Huneeis Gana se apasionaba por lo clásico. Hoy mismo, que la diplomacía le ha atraído por completo, no olvidaba sus ganados lauros de prosista y publica libros serios, correctos e interesantes. Su hermano Roberto era un poeta sutil y delicado; hoy ocupa una alta posición en Santiago. Galo Irarrázabal murió no hace mucho tiempo, de diplomático, y su hermano Alfredo, que en aquella época tenía el cetro sonoro de la poesía alegre y satírica, es ahora ministro plenipotenciario en el Japón. Tondreau hacía versos gallardos y traducía a Horacio. Ha sido intendente de una provincia. Todos los demás han desaparecido; muy recientemente el cordial y perspicaz Hübner.

Mac-Clure solía aparecer a avivar nuestras discusiones con su rostro sonriente y su inseparable habano. Era lo que en España se llama un hidalgo y en Inglaterra un gentleman.

La impresión que guardo de Santiago, en aquel tiempo, se reduciría a lo siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas. Terror del cólera que se presentó en la capital. Tardes maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el lago del parque Cousiño. Horas nocturnas con Alfredo Irarrázabal, con Luis Orrego Luco o en el silencio del Palacio de la Moneda, en compañía de Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli, hijo del ministro de Italia.

Debo contar que una tarde, en un lunch, que allá llaman hacer «once», conocí al presidente Balmaceda. Después debía tratarle más detenidamente en Viña del Mar. Fui invitado a almorzar por él. Me colocó a su derecha, lo cual, para aquel hombre lleno de justo orgullo, era la suprema distinción. Era un almuerzo familiar. Asistía el canónigo doctor Florencio Fontecilla, que fue más tarde obispo de La Serena y el general Orozimbo Barbosa, a la sazón ministro de la Guerra.

Era Balmaceda, a mi entender, el tipo del romántico-político y selló con su fin su historia. Era alto, garboso, de ojos vivaces, cabellera espesa, gesto señorial, palabra insinuante -al mismo tiempo autoritaria y meliflua. Había nacido para príncipe y para actor. Fue el rey de un instante, de su patria; y concluyó como un héroe de Shakespeare. ¿Qué más recuerdos de Santiago que me sean intelectualmente simpáticos?: La capa de don Diego Barros Arana; la tradicional figura de los Amunátegui; don Luis Montt en su biblioteca.

Voy a referir algo que se relaciona con mi actuación en la redacción de La Época. Una noche apareció nuestro director en la tertulia y nos dijo lo siguiente:

«Vamos a dedicar un número a Campoamor, que nos acaba de enviar una colaboración. Doscientos pesos al que escriba la mejor cosa sobre Campoamor». Todos nos pusimos a la obra. Hubo notas muy lindas; pero por suerte, o por concentración de pensamiento, ninguna de las poesías resumía la personalidad del gran poeta, como esta décima mía:

 

«Este del cabello cano

como la piel del armiño,

juntó su candor de niño

con su experiencia de anciano.

Cuando se tiene en la mano

un libro de tal varón

abeja es cada expresión,

que volando del papel

deja en los labios la miel

y pica en el corazón».

 

Debo confesar, sin vanidad ninguna, que todos los compañeros aprobaron la disposición del director que me adjudicaba el ofrecido premio.

Y ahora quiero evocar del triste, malogrado y prodigioso Pedro Balmaceda. No ha tenido Chile poeta más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet: «Dulce príncipe». Tenía una cabeza apolínea, sobre un cuerpo deforme. Su palabra era insinuante, conquistadora, áurea. Se veía también en él la nobleza que le venía por linaje. Se diría que su juventud estaba llena de experiencia. Para sus pocos años tenía una sapiente erudición. Poseía idiomas. Sin haber ido a Europa sabía detalles de bibliotecas y museos. ¿Quién escribía en ese tiempo sobre arte, sino él? Y, ¿quién daba en ese instante una vibración de novedad de estilo como él? Estoy seguro, de que todos mis compañeros de aquel entonces, acuerdan conmigo, la palma de la prosa a nuestro Pedro, lamentado y querido.

Y, ¿cómo no evocar ahora que él fue quien publicara mi libro Abrojos, respecto al cual escribiera una página artística y cordial?

 

- XVI -

Por Pedro pasé a Valparaíso, en donde -¡anomalía!- iba a ocupar un puesto en la Aduana.

Valparaíso, para mí, fue ciudad de alegría y de tristeza, de comedia y de drama y hasta de aventuras extraordinarias. Estas quedarán para después.

Pero no dejaré de narrar mi permanencia y mi salida de la redacción de El Heraldo. Lo dirigía a la sazón Enrique Valdés Vergara. Era un diario completamente comercial y político. Había sido yo nombrado redactor por influencia de don Eduardo de la Barra, noble poeta y excelente amigo mío. Debo agregar para esto la amistad de un hombre muy querido y muy desgraciado en Chile: Carlos Toribio Robinet.

Se me encargó una crónica semanal. Escribí la primera sobre sports. A la cuarta me llamó el director y me dijo: «Usted escribe muy bien... Nuestro periódico necesita otra cosa... Así es que le ruego no pertenecer más a nuestra redacción...». Y, por escribir muy bien, me quedé sin puesto,

¡Que no olvide yo estos tres nombres protectores: Poirier, Galleguillos Lorca y Sotomayor!

Mi vida en Valparaíso se concentra en ya improbables o ya hondos amoríos; en vagares a la orilla del mar, sobre todo, por Playa Ancha; invitaciones a bordo de los barcos, por marinos amigos y literarios; horas nocturnas, ensueños matinales, y lo que era entonces mi vibrante y ansiosa juventud.

Por circunstancias especiales e inquerida bohemia, llegaron para mí momentos de tristeza y escasez. No había sino partir. Partir gracias a don Eduardo de la Barra, Carlos Toribio Robinet, Eduardo Poirier y otros amigos.

Antes de embarcar a Nicaragua aconteció que yo tuviese la honra de conocer al gran chileno don José Victorino Lastarria. Y fue de esta manera: Yo tenía, desde hacía mucho tiempo, como una viva aspiración el ser corresponsal de La Nación, de Buenos Aires. He de manifestar que es en ese periódico donde comprendí a mi manera el manejo del estilo y que en ese momento fueron mis maestros de prosa dos hombres muy diferentes: Paul Groussac y Santiago Estrada, además de José Martí. Seguramente en uno y otro existía espíritu de Francia. Pero de un modo decidido, Groussac fue para mí el verdadero conductor intelectual.

Me dijo don Eduardo de la Barra: Vamos a ver a mi suegro, que es íntimo amigo del general Mitre, y estoy seguro de que él tendrá un gran placer en darle una carta de recomendación para que logremos nuestro objeto, y también estoy seguro de que el general Mitre aceptará inmediatamente la recomendación. En efecto, a vuelta de correo, venía la carta del general, con palabras generosas para mí, y diciéndome que se me autorizaba para pertenecer desde ese momento a La Nación.

Quiso, pues, mi buena suerte que fuesen un Lastarria y un Mitre quienes hiciesen mi colaboración en ese gran diario.

Estaba Lastarria sentado en una silla, Voltaire. No podía moverse por su enfermedad. Era venerable su ancianidad ilustre. Fluía de él autoridad y majestad.

Había mucha gloria chilena en aquel prócer. Gran bondad emanaba de su virtud y nunca he sentido en América como entonces la majestad de una presencia sino cuando conocí al general Mitre en la Argentina y al doctor Rafael Núñez en Colombia.

Con mi cargo de corresponsal de La Nación me fui para mi tierra, no sin haber escrito mi primera correspondencia fechada el 3 de febrero de 1889, sobre la llegada del crucero brasileño «Almirante Barroso» a Valparaíso, a cuyo bordo iba un príncipe, nieto de don Pedro.

En todo este viaje no recuerdo ningún incidente, sino la visión de la «debacle» de Panamá: Carros cargados de negros africanos que aullaban porque, según creo, no se les había pagado sus emolumentos. Y aquellos hombres desnudos y con los brazos al cielo, pedían justicia.

 

- XVII -

Al llegar a este punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer, o posponer, la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que aconteció después en momentos que no le corresponde y viceversa. Es fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria. Así, por ejemplo, pienso en algo importante que olvidé cuando he tratado de mi primera permanencia en San Salvador.

Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo indecible, me sentí mal, en la calle. En la ciudad había una epidemia terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba sería un malestar causado por el desvelo; pero resultó que, desgraciadamente, era el temido morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro Salinas, que fue el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una habitación especial y fui atendido, verdaderamente como si hubiese sido un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud y sin temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fui tan bien servido que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela.

En lo referente a mi permanencia en Chile, olvidé también un episodio que juzgo bastante interesante. Cuando habitaba en Valparaíso, tuve la protección de un hombre excelente y de origen humilde, el doctor Galleguillos Lorca, muy popular y muy mezclado entonces en política, siendo una especie de leader entre los obreros. Era médico homeópata. Había comenzado de minero, trabajando como un peón; pero dotado de singulares energías, resistentes y de buen humor, logró instruirse relativamente y llegó a ser lo que era cuando yo le conocí. Llegaban a su consultorio tipos raros a quienes daba muchas veces, no sólo las medicinas, sino también dinero. El hampa de Valparaíso tenía en él a su galeno. Le gustaba tocar la guitarra, cantar romances, e invitaba a sus visitantes casi siempre, gente obrera, a tomar unos «ponches» compuestos de agua, azúcar y aguardiente, el aguardiente que llamaban en Chile «guachacay». Era ateo y excelente sujeto. Tenía un hijo a quien inculcaba sus ideas en discursos burlones, de volterianismo ingenuo y un poco rudo. El resultado fue que el pobre muchacho, según supe después, a los veinte y tantos años se pegó un tiro.

Una ocasión me dijo el doctor Galleguillos: «¿Quiere usted acompañarme esta noche a una visita que tengo que hacer por los cerros?». Los cerros de Valparaíso tenían fama de peligrosos en horas nocturnas, mas yendo con el doctor Galleguillos me creía salvo de cualquier ataque y aceptó su invitación. Tomó él su pequeño botiquín y partimos. La noche era obscura y cuando estuvimos a la entrada de la estribación de la serranía, el comienzo era bastante difícil, lleno de barrancos y hondonadas. Llegaba a nuestros oídos, de cuando en cuando, algún tiro más o menos lejano. Al entrar a cierto punto, un farolito surgió detrás de unas piedras. El doctor silbó de un modo especial, y el hombre que llevaba el farolito se adelantó a nosotros. «-¿Están los muchachos?» -preguntó Galleguillos. -«Sí, señor» -contestó el rotito. Y sirviéndonos de guía, comenzó a caminar y nosotros tras él. Anduvimos largo rato, hasta llegar a una especie de choza o casa, en donde entramos. Al llegar hubo una especie de murmullo entre un grupo de hombres que causaron en mí vivas inquietudes. Todos ellos tenían traza de facinerosos, y en efecto lo eran. Más o menos asesinos, más o menos ladrones, pues pertenecían a la mala vida. Al verme me miraron con hostiles ojos, pero el doctor les dijo algunas palabras y ello calmó la agitación de aquella gente desconfiada. Había una especie de cantina, o de boliche, en que se amontonaban unas cuantas botellas de diferentes licores. Estaban bebiendo, según la costumbre popular, un «ponche» matador, en un vaso enorme que se denomina «potrillo» y que pasa de mano en mano y de boca en boca. Uno de los mal entrazados me invitó a beber; yo rehusé con asco instintivo; y se produjo un movimiento de protesta furiosa entre los asistentes. -«Beba pronto», me dijo por lo bajo el doctor Galleguillos, «y déjese de historias». Yo comprendí lo peligroso de la situación y me apresuré a probar aquel ponche infernal. Con esto satisfice a los rotos. Luego llamaron al doctor y pasamos a un cuarto interior. En una cama, y rodeado de algunas mujeres, se encontraba un hombre herido. El doctor habló con él, le examinó y le dejó unas cuantas medicinas de su botiquín. Luego salimos, acompañados entonces de otros rotos, que insistieron en custodiarnos, porque, según decían, había sus peligros esa noche. Así, entre las tinieblas, apenas alumbrados por un farolito, entramos de nuevo a la ciudad. Era ya un poco tarde y el doctor me invitó a cenar. -«Iremos -me dijo- a un lugar curioso, para que lo conozca». En efecto, por calles extraviadas, llegamos a no recuerdo ya qué casa, tocó mi amigo una puerta que se entreabrió y penetramos. En el interior había una especie de restaurant, en donde cenaban personas de diversas cataduras. Ninguna de ellas con aspecto de gente pacífica y honesta. El doctor llamó al dueño del establecimiento y me presentó. -«Pasen adentro», nos dijo éste. Seguimos más al fondo de la casa, no sin cruzar por un patio húmedo y lleno de hierba. Aquí hay enterrados muchos, me dijo en voz baja el médico. En otro comedor se nos sirvió de cenar y yo oía las voces que en un cuarto cerrado daban de cuando en cuando algunos individuos. Aquello era una timba del peor carácter. Casi de madrugada, salimos de allí y la aventura me impresionó de modo que no la he olvidado. Así no podía menos de contarla esta vez.

 

- XVIII -

Y ahora, continuaré el hilo de mi interrumpida narración. Me encuentro de vuelta de Chile, en la ciudad de León de Nicaragua.

Estoy de nuevo en la casa de mis primeros años. Otros devaneos han ocupado mi corazón y mi cabeza. Hay un apasionamiento súbito por cierta bella persona que me hace sufrir con la sabida felinidad femenina y hay una amiga inteligente, graciosa, aficionada a la literatura, que hace lo posible por ayudarme en mi amorosa empresa; y lo hace de tal manera, que cuando, por fin, he perdido mi última esperanza con la otra, entregada desdichadamente a un rival más feliz, me encuentro enloquecido por mi intercesora. Esta inesperada revolución amorosa se prolonga en la ciudad de Chinandega, en donde, ¡desventurado de mí! iba a casarse el ídolo de mis recientes anhelos. Y allí nuevas complicaciones sentimentales me aguardaban, con otra joven, casi una niña; y quién sabe en qué hubiera parado todo esto, si por segunda vez amigos míos, entre ellos el coronel Ortiz, hoy general, y que ha sido vicepresidente de la República, no me facturan apresuradamente para El Salvador. Lo que provocó tal medida fue que una fiesta dada por el novio de aquella a quien yo adoraba, y a la cual no sé por qué ni cómo, fui invitado, con el aguijón de los excitantes del diablo, y a pedido de no sé quién, empecé a improvisar versos, pero versos en los cuales decía horrores del novio, de la familia de la novia, ¡qué sé yo de quién más! Y fui sacado de allí más que de prisa. Una vez llegado a la capital salvadoreña busqué algunas de mis antiguas amistades y una de ellas me presentó al general Francisco Menéndez, entonces presidente de la República. Era éste, al par que militar de mérito, conocido agricultor y hombre probo. Era uno de los más fervientes partidarios de la Unión centroamericana, y hubiera hecho seguramente el sacrificio de su alto puesto por ver realizado el ideal unionista que fuera sostenido por Morazán, Cabañas, Jerez, Barrios y tantos otros. En esos días se trataba cabalmente de dar vida a un nuevo movimiento unificador, y es claro que el presidente de El Salvador era uno de los más entusiastas en la obra.

A los pocos días me mandó llamar y me dijo: -«¿Quiere usted hacerse cargo de la dirección de un diario que sostenga los principios de la Unión?». -«Desde luego, señor presidente», le contesté». -«Está bien», me dijo, «daré orden para que en seguida se arregle todo lo necesario». En efecto, no pasó mucho sin que yo estuviera a la cabeza de un diario, órgano de los unionistas centroamericanos y que, naturalmente, se titulaba La Unión.

Estaba remunerado con liberalidad. Se me pagaba aparte los sueldos de los redactores. Se imprimía el periódico en la imprenta nacional y se me dejaba todo el producto administrativo de la empresa. El diario empezó a funcionar con bastante éxito. Tenía bajo mis órdenes a un escritor político de Costa Rica, a quien encomendé los artículos editoriales, don Tranquilino Chacón; a un fulminante colombiano, famoso en Centro-América como orador, como taquígrafo y aun como militar y como revolucionario, un buen diablo, Gustavo Ortega; y a cierto malogrado poeta costarriqueño, mozo gentil, que murió de tristeza y de miseria, aunque en sus últimos días tuviese el gobierno de Costa Rica la buena idea de hacerlo ir a Barcelona para que siquiera lograse el consuelo de morir después de haber visto Europa; me refiero a Equileo Echevarría. Luego, contaba con la colaboración de las mejores inteligencias del país y del resto de la América Central; y el diario empezó su carrera con mucha suerte.

Habitaba entonces en San Salvador la viuda de un famoso orador de Honduras, Álvaro Contreras, que si no estoy mal informado, tiene hoy un monumento. Fue este hombre vivaz y lleno de condiciones brillantes, un verdadero dominador de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió persecuciones por ello. En tiempo de la guerra del Pacífico fundó un diario en Panamá en defensa de los intereses peruanos. Su viuda tenía dos hijas: a ambas había conocido yo en los días de mi infancia y en casa de mi tía Rita. Eran de aquellas compañeras que alegraban nuestras fiestas pueriles, de aquellas con quienes bailábamos y con quienes cantábamos canciones en las novenas de la Virgen, en las fiestas de diciembre. Esas dos niñas eran ya dos señoritas. Una de ellas casó con el hijo de un poderoso banquero, a pesar de la modesta condición en que quedara la familia después de la muerte de su padre. Yo frecuenté la casa de la viuda, y al amor del recuerdo y por la inteligencia, sutileza y superiores dotes de la otra niña, me vi de pronto envuelto en nueva llama amorosa. Ello trascendió en aquella reducida sociedad amable: -«¿Por qué no se casa?», me dijo una vez el presidente. -«Señor, le contesté, es lo que pienso hacer en seguida». Y, con el beneplácito de mi novia y de su madre, me puse a tomar las disposiciones necesarias para la realización de mi matrimonio. Entretanto, uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizás sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América española. Fue con Gavidia, la primera vez que estuve en aquella tierra salvadoreña, con quien penetran en iniciación ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde. A Gavidia aconteciole un caso singularísimo, que me narrara alguna vez, y que dice cómo vibra en su cerebro la facultad del ensueño, de tal manera que llegó a exteriorizarse con tanta fuerza. Sucedió que siendo muy joven, recién llegado a París, iba leyendo un diario por un puente del Sena, en el cual diario encontró la noticia de la ejecución de un inocente. Entonces se impresionó de tal manera que sufrió la más singular de las alucinaciones. Oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban: -«¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa injusticia!». E incontinenti se arrojó al río. Felizmente alguien le vio y pudo ser salvado inmediatamente. Le prodigaron los auxilios y fue conducido al consulado de El Salvador, cuyas señas llevaba en el bolsillo. Después, en su país, ha publicado bellos libros y escrito plausibles obras dramáticas; se ha nutrido de conocimientos diversos y hoy es director de la Biblioteca Nacional de la capital salvadoreña.



- XIX -

Listo, pues, todo para mi boda, quedó señalada la fecha del 22 de junio de aquel año de 1890 para la ceremonia civil. En ese día debería efectuarse en San Salvador una gran fiesta militar, para lo cual vendrían las tropas acuarteladas en Santa Ana y que comandaba el general Carlos Azeta, brazo derecho, y diremos casi hijo mimado del presidente de la República. Se decía que había querido casarse con Teresa, la hija mayor de éste. Si no estoy equivocado había disensiones entre Ezeta y algunos ministros del general Menéndez, como los doctores Delgado e Interiano, pero no podría precisar nada al respecto.

Es el caso que las tropas llegaron para la gran parada del 22. Esa noche debía darse un baile en la Casa Blanca, esto es, en el Palacio Presidencial.

Se celebró en casa de mi novia la ceremonia del matrimonio civil y hubo un almuerzo al cual asistió el general Ezeta. Éste estaba nervioso y por varias veces se levantó a hablar con el señor Amaya, director de Telégrafos y amigo suyo. Después de la fiesta, yo, fatigado, me fui a acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa Blanca. Muy entrada la noche, oí, entre dormido y despierto, ruidos de descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar. Más aún, sería la madrugada, cuando sentí ruidos de caballos que se detenían en la puerta de mi habitación, a la cual se llamó, pronunciando mi nombre varias veces. -«Levántate», me decían, «está tu amigo el general Ezeta». Yo contesté que estaba demasiado cansado y no tenía ganas de pasear, suponiendo desde luego, que se me invitaba para algún alegre y báquico desvelo. Sentí que se alejaron los caballos.

Por la mañana llamaron a la puerta de nuevo; me levanté, abrí y me encontré con una criada de casa de mi novia, o mejor dicho, de mi mujer. -«Dicen las señoras», expresó, «que están muy inquietas con usted, suponiendo que le hubiese pasado algo en lo de anoche». -«¿Pero, qué ha ocurrido?», le pregunté. -«Que ya no es presidente el general Menéndez, que le han matado». «¿Y quién es el presidente entonces?». -«El general Ezeta». Me vestí y partí inmediatamente a casa de mi esposa. Al pasar por los portales vecinos a la Casa Blanca encontré unos cuantos cadáveres entre charcos de sangre. Impresionado, entró al café del Hotel Nuevo Mundo a tomar una copa; me senté. En una mesa cercana había un hombre con una herida en el cuello, vendada con un pañuelo ensangrentado. Estaba vestido de militar y bastante ebrio. Sacó un revólver y tranquilamente me apuntó: -«Diga, ¡Viva el general Ezeta!». -«Sí, señor», le contesté, «¡viva el general Ezeta!». -«Así se hace», exclamó. Y guardó su revólver. Tomé mi copa y partí inmediatamente a buscar a mi mujer. En su casa se me narró lo que había sucedido. Durante la noche, mientras se estaba en lo mejor del baile presidencial, donde se hallaba la flor de la sociedad salvadoreña, quedaron todos sorprendidos por ruidos de fusilería, y se notó que el Palacio estaba rodeado de tropas. Un general, cuyo nombre no recuerdo, había penetrado a los salones e intimó orden de prisión a los ministros que allí se encontraban. El presidente, general Menéndez, se había ido a acostar. La confusión de las gentes fue grande, hubo gritos y desmayos. A todo esto se había ya avisado al general Menéndez, que se ciñó su espada e increpó duramente al general que llegaba a comunicarle también orden de prisión. Entre tanto la guardia del Palacio se batía desesperadamente con las tropas sublevadas. Teresa, la hija mayor del presidente, gritaba en los salones: -«¡Que llamen a Carlos, él tranquilizará todo esto y dominará la situación!». -«Señorita», le contestó alguien, «es el general Ezeta quien se ha sublevado». El presidente había abierto los balcones de la habitación y arengaba a las tropas. Aun se oyó un viva al general Menéndez, pero éste cayó instantáneamente muerto. Fue llevado el cuerpo, y los médicos certificaron que no tenía ninguna herida. Al darse cuenta de que Carlos Ezeta, a quien él quería como a un hijo y a quien había hecho toda clase de beneficios, a quien había enriquecido, a quien había puesto a la cabeza de su ejército, era quien le traicionaba de tal modo, el pobre presidente, que era cardíaco, según parece, sufrió un ataque mortal. El cadáver fue expuesto y el pueblo desfiló y se dio cuenta de la verdad del hecho. -«¿Qué piensas hacer?, me dijo mi esposa». -«Partir inmediatamente a Guatemala, puesto que hay un vapor en el puerto de la Libertad». Salí a dar los pasos necesarios para el arreglo rápido de mi viaje, y en el camino me encontré con alguien que me dijo: -«El general Ezeta desea que vaya dentro de una hora al Cuartel de Artillería. Cruzaban patrullas por las calles. Unos cuantos soldados iban cargados con cajas de dinero. Una hora después estaba yo en el cuartel de artillería, que se hallaba lleno de soldados, muchos de ellos heridos. Un tropel de jinetes. Llega el general Ezeta, rodeado de su Estado Mayor. Se nota que ha bebido mucho. Desde el caballo se dirige a mí y me dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de publicidad sobre el nuevo estado de cosas. Yo salgo y prosigo mis preparativos de partida; escribo una carta al nuevo presidente manifestándole que un asunto particular de especialísima urgencia, me obliga a irme inmediatamente a Guatemala; que volveré a los pocos días a ponerme a sus órdenes. Y me dirigí al puerto de la Libertad. En el hotel estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo que de orden superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces empecé por telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios amigos, rogándoles se interesasen con Ezeta y hasta recurrí a la buena voluntad masónica de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes, íntimo amigo del improvisado presidente.

El vapor estaba para zarpar, cuando por influencia de Reyes, el comandante recibía orden de dejar que me embarcase; pero junto conmigo iba ya persona que observase y que procurase conocer el fondo de mis impresiones y sentimientos sobre los sucesos acontecidos. Era un señor Mendiola Boza, cubano de origen. Natural que yo me manifesté ezetista convencido, y el hombre lo creyó o no lo creyó, pero cumplió con su misión.

 

- XX -

Al llegar a Guatemala, supe que la guerra estaba por estallar entre este país y El Salvador. Menéndez: había mantenido las mejores relaciones con el presidente guatemalteco Barillas, y éste tenía sus razones para creer que Ezeta le sería contrario, y aprovechara para prestigiarse de la antipatía tradicional entre salvadoreños y guatemaltecos. No bien hube llegado al hotel, cuando un oficial se presentó a decirme que el presidente general Barillas me esperaba inmediatamente. La capital estaba conmovida y se hablaba de la seguridad de la guerra. Me dirigí a la casa presidencial, acompañado del oficial que había ido a buscarme. Penetré entre los numerosos soldados de la guardia de honor y se me hizo pasar a un salón. Al llegar, vi que el presidente estaba rodeado de muchos notables de la ciudad. Se hallaba agitadísimo y cuando yo entré pronunciaba estas palabras: -«Porque, señores, el que quiera comer pescado que se moje él...». Yo me senté tímidamente en una silla, fuera del círculo, pero el presidente me miró y me preguntó: «¿Es usted el señor Rubén Darío?». -«Sí, señor», le contesté. Me hizo entonces avanzar y me señaló un asiento cercano a él. -«Vamos a ver», me dijo, «¿es usted también de los que andan diciendo que el general Menéndez no ha sido asesinado?». -«Señor Presidente», le contesté, «yo acabo de llegar, no he hablado aún con nadie, pero puedo asegurarle que el presidente Menéndez no ha sido asesinado». En los ojos de Barillas brilló la cólera. -«¿Y no sabe usted que tengo en la Penitenciaría a muchos propaladores de esa falsa noticia?». -«Señor», insistí, «esa noticia no es falsa. El general Menéndez ha muerto de un ataque cardíaco al parecer; pero si no ha sido asesinado con bala o con puñal, le ha dado muerte la ingratitud, la infamia del general Ezeta, que ha cometido, se puede decir, un verdadero parricidio». Y me extendí sobre el particular. El presidente me escuchó sin inmutarse. «Está bien», me dijo, cuando hube concluido. «Vaya en seguida y escriba eso. Que aparezca mañana mismo. Y véase con el Ministro de Relaciones Exteriores y con el Ministro de Hacienda». Me fui rápidamente a mi hotel y escribí la narración de los sucesos del 22 de junio, con el título de Historia negra, que en ocasión oportuna reprodujo La Nación, de Buenos Aires.

Mi escrito causó gran impresión, y supe después que Carlos Ezeta, así como su hermano Antonio, aseguraban que si alguna vez caía en sus manos no saldría vivo de ellas. -«Y pensar», decía algún tiempo más tarde el presidente Ezeta al ministro de España, don julio de Arellano y Arróspide -después Marqués de Casa Arellano, y cuya esposa fuera madrina de mi hijo, en San José de Costa Rica- «¡y pensar que yo hubiera hecho rico a Rubén si no comete el disparate de ponerse en contra mía!». La verdad es que yo estaba satisfecho de mi conducta, pues Menéndez había sido mi benefactor, y sentía repugnancia de adherirme al círculo de los traidores. ¡Será ello quizás un poco romántico y poco práctico; pero qué le vamos a hacer!

 

- XXI -

De mi entrevista con el Ministro de Relaciones Exteriores y con el de Hacienda resultó que por disposición presidencial se me hizo, como en San Salvador, director y propietario de un diario de carácter semioficial. A los pocos días, salía el primer número de El Correo de la tarde.

Era el general Barillas un presidente voluntarioso y tiránico, como han sido casi todos los presidentes de la América Central. Se apoyaba, desde luego, en la fuerza militar, pero tenía cierta cultura y excelentes rasgos de generosidad y de rectitud. Uno de sus ministros era Ramón Salazar, literato notable, de educación alemana. La guerra se inició, pero concluyó felizmente al poco tiempo. El poder de los Ezetas se afianzó en San Salvador por el terror. En cuanto a mí, hice del diario semi-oficial una especie de cotidiana revista literaria. Frecuentaba a don Valero Pujol, uno de los españoles de mayor valor intelectual que hayan venido a América y cuyo nombre, no sé por qué, quizás por el rincón centroamericano en que se metiera, no ha brillado como merece. Viejo republicano amigo de Salmerón y de Pí y Margall, creo que fue, durante la república, gobernador de Zaragoza. En Guatemala era y es todavía el Maestro. Ha publicado valiosos libros de historia y tres generaciones le deben sus luces. Era director de la Biblioteca Nacional el poeta cubano, José Joaquín Palma, hombre exquisito y trovador zorrillesco. Es aquél autor de cierta poesía que se encontró entre los papeles de Olegario Andrade y que se publicó como suya, averiguándose después que era de Palma.

Tenía varios colaboradores literarios para mi periódico, entre los cuales un jovencito de ojos brillantes y cara sensual, dorada de sol de trópico, que hizo entonces sus primeras armas. Se llamaba Enrique Gómez Carrillo. Otro joven, José Tible Machado, que escribía páginas a lo Bourget, el Bourget bueno de entonces, y que después sería un conocido diplomático y actualmente redactor de Le Gaulois, de París, y otros.

Hice lo que pude de vida social e intelectual, pero ya era tiempo de que viniese mi mujer y acabásemos de casarnos. Y así, siete meses después de mi llegada, se celebró mi matrimonio religioso, siendo uno de mis padrinos el doctor Fernando Cruz, que falleció después de ministro en París.

 

- XXII -

En casa de Pujol intimé con un gran tipo, muy de aquellas tierras. Era el general Cayetano Sánchez, sostenedor del presidente Barillas, militar temerario, joven aficionado a los alcoholes, y a quien todo era permitido por su dominio y simpatía en el elemento bélico. Recuerdo una escena inolvidable. Una noche de luna habíamos sido invitados varios amigos, entre ellos mi antiguo profesor, el polaco don José Leonard, y el poeta Palma, a una cena en el castillo de San José. Nos fueron servidos platos criollos, especialmente uno llamado «chojín», sabroso plato que por cierto nos fue preparado por el hoy general Toledo, aspirante a la presidencia de la República. Sabroso plato, en verdad, ácido, picante, cuya base es el rábano. Los vinos abundaron como era de costumbre, y después se pasó al café y al cogñac, del cual se bebieron copas innumerables. Todos estábamos más que alegres, pero al general Sánchez se le notaba muy exaltado en su alegría, y como nos paseásemos sobre las fortificaciones, viendo de frente a la luz de la luna las lejanas torres de la Catedral, tuvo una idea de todos los diablos. «A ver, dijo, ¿quién manda esta pieza de artillería?», y señaló un enorme cañón. Se presentó el oficial y entonces Cayetano, como le llamábamos familiarmente, nos dijo: «Vean ustedes que lindo blanco. Vamos a echar abajo una de las torres de la catedral. Y ordenó que preparasen el tiro. Los soldados obedecieron como autómatas; y como el general Sánchez era absolutamente capaz de todo, comprendimos que el momento era grave. Al poeta Palma se le ocurrió una idea excelente. -«Bien, Cayetano, le dijo; pero antes vamos a improvisar unos versos sobre el asunto. Haz que traigan más cogñac». Todos comprendimos y heroicamente nos fuimos ingurgitando sendos vasos de alcohol. Palma servía copiosas dosis al general Sánchez. Él y yo recitábamos versos, y cuando la botella se había acabado, el general estaba ya dormido. Así se libró Guatemala de ser despertada a media noche a cañonazos de buen humor. Cayetano Sánchez, poco tiempo después, tuvo un triste y trágico fin.

Por esos días aconteció un hecho que tuvo por muchos días suspensa la atención pública. El hijo de uno de los más íntegros y respetados magistrados de la capital, tenía amores con una dama casada con un extranjero. Como el marido oyese ruido una noche, se levantó y se dirigió al comedor en donde estaba oculto el amante de su mujer. Éste se arrojó sobre el pobre hombre y lo mató encarnizadamente, con un puñal. La posición del joven, y sobre todo la del padre, aumentaban lo trágico del crimen. El asesino estuvo preso por algún tiempo y luego creo que le fue facilitada la fuga. Años después, reducido a la pobreza, se le encontró cosido a puñaladas en el banco de un paseo, en una ciudad de los Estados Unidos, según se me ha contado.

 

...Continuará

 

 

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