De bruces

Constantino Zeotokis

(Traducción y notas de Margarita Ramírez Montesinos)

        Cuando, después de la anarquía que había conturbado el país y había otorgado a la canalla libertad para todo género de fechorías, quedó restablecido el orden mediante una  amnistía, todos los maleantes regresaron de las montañas y del extranjero a sus hogares. Entre ellos retornó a su pueblo Andonis Cuculiotis, el hijo de Magulas.

         Por aquel entonces contaba con cuarenta años, bajo, moreno, de hermosa, espesa y crespa barba y de pelo rizado y negro. Su rostro tenía encanto, su mirada afable y serena brillaba con reflejos verdes. Su boca, sin embargo, era muy pequeña y muy corta, sus labios eran tan finos como inexistentes.

         Este hombre se había casado antes de la insurrección. Y cuando emprendió el camino a las montañas, ante el temor de las represalias del Gobierno, dejó a su mujer sola en casa. Ésta, dando a Cuculiotis tal vez por asesinado o muerto, no le fue fiel, se enamoró de un hombre, y con él tuvo un hijo tan encantador que lo amaba por encima de todo.

         Pues bien. Un crepúsculo, el bandolero regresó a su pueblo. Y penetró, por sorpresa e inesperadamente, en su casa. Penetró de súbito, como la muerte, y hasta tal punto le dominó el terror a la desafortunada mujer que, tomando a su rubio hijo en el regazo, lo estrechó en su trémulo pecho, a punto de desvanecerse e incapaz de pronunciar una sola palabra.

         -No temas, mujer. No te voy hacer daño, por más que te lo mereces. ¿Esta criatura es tuya? ¿Sí...? Pero ¡no es mío! ¿Con quién la has tenido, dime... ? Le sonrió con amargura Cuculiotis.

         - Andonis, nada puedo ocultarte, le respondió aterrada. Es grande mi culpa. Pero bien sé también que grande será tu venganza. Ni yo, infeliz de mí, ni este pequeño, que tiembla de miedo, podemos defendernos. Mira cómo el terror me estremece cuando te veo. Haz conmigo lo que quieras, pero compadécete de esta infeliz y desamparada criatura.

         Conforme hablaba la mujer, pese a que su semblante se iba ensombreciendo, no la interrumpió. Y cuando ella se quedó callada:

         -¡Mala mujer!, le increpó. Ni te pido consejo ni compasión me das. Su nombre quiero. No es a ti a quien voy a hacer daño. Y si no me lo dices, ya me enteraré yo. Todo el pueblo sabe con quién vivías. Y entonces os mataré a los tres, lavaré la deshonra que vosotros me habéis infligido, ¡infames!

         Le reveló el nombre.

         Y Cuculiotis se aprestó a salir. Y cuando al cabo de unas horas regresó a casa, encontró a su mujer en el mismo sitio, inmóvil, con el niño dormido en sus brazos. Ella respiró aliviada. Pero él se tumbó en el suelo y como si hubiera comido muy bien durmió profundamente hasta el amanecer.

 

         Cuando al día siguiente se despertaron, le dijo :

         -Vamos a ir a nuestras tierras, no sea que me las hayan expropiado tal como hizo el muerto contigo.

         -¿Lo has matado?

         Aquel día el sol no apareció por oriente, el cielo estaba muy nublado y los rayos se abrían paso con dificultad.

         Y Cuculiotis, echándose al hombro la pala y el azadón, ordenó a su mujer seguirle acompañada del hijo. Y los tres abandonaron la casa.

         Y al llegar al campo, todavía mojado por una lluvia reciente, el bandolero se puso a cavar un hoyo.

         No profería palabra, lívido el rostro, perlada la frente de un sudor helado. La luz cenicienta, descendiendo del cielo, tintaba de forma singular el paraje. El otoño desgranaba al alba toda su aflicción.

         La mujer contemplaba con curiosidad e inquietud, y el pequeño jugaba con los guijarros y con los montones de tierra que excavaba el criminal. Y al fin, por un momento asomó el sol y sus haces de luz doraron el cabello del párvulo que los recibió con una sonrisa angelical.

         -¡Arrójalo de bruces dentro! Le ordenó Cuculiotis a su mujer, apoyado en la pala ante la fosa

 

Constantino Zeotokis (1872-1923)

            De una familia aristocrática de Kérkira se forma en el ambiente ideológico de su isla, adquiere una sólida educación y fue capaz de enriquecer su experiencia leyendo y viajando. Ardedor de 1900, como muchos de sus contemporáneos, estuvo dominado por la influencia de Nietzsche -en especial en su narración “La Pasión”- pero más tarde en Alemania -donde se encontrará con Jatsópulos- seguirá las ideas socialistas y dará a su prosa un fuerte colorido social. Antes de las Guerras balcánicas escribe una narración larga, “El Honor y el dinero” (1944) con un interés social, y poco después empieza a componer su gran novela en la que trabajará hasta el fin de su ida, “Esclavos en sus cadenas”  Sitúa la acción en Kérkira, en la capital, en una época de reajuste en la vida social : la vieja clase social intenta mantener una forma de vida superada ya y decadente, la clase burguesa está también en decadencia, mientras que "arribistas" de la clase baja intentan forzar la situación con el dinero para ascender socialmente -todos "esclavos de las cadenas" de su destino y de la necesidad que les impone el dinero. entre ellos, débil y finalmente vencido, está Alkis Sosómenos, joven idealista con sus teorías humanistas y socialistas.

 

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